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Hay un silencio volatilizado que me muerde las manos, la ropa, el sentir de un acorde insensato que me amanece de entre los vasos de tu sangre, de la sangre de quienes morimos por una calada en mitad de la noche. Los cuervos se recrean de mi sombra, y no yo en la de ellos. Saben que me he perdido por los caminos de su sistema circulatorio, por las aceras de ladrillos rojos y miradas que llevan quizás a alguna parte. Y en parte, entre mordisco y mordisco que se me consume en el músculo estriado, liso, rugoso, en cualquiera de todas mis medidas de número quebrado, sé que sólo entiendo de polvo, canciones kamikazes y árboles desnudos en los meses de otoño. Pero me sigue musitando el costado, y yo decido acelerar el paso por si se me retuercen las dos medias lunas de este octubre mal encarado, que me sigue chillando, insultando y abaratando mis costes en los días de soles diurnos. Y vamos avanzando, hacia donde el asfalto llene mis pulmones de un humo digno como los de los tubos de escape, un Lucky o dos Marlboros, y me reponga los brazos que cayeron sobre la carretera.

Y es que una cosa está bien clara:

Voy a necesitar más de dos cuerdas.

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