MOLLY

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Y ahí teníamos a Molly, con sus dos coletas de terciopelo sobre las aceras colmadas de pisotones extraviados, sus zapatos negros y brillantes huyendo de las rutinas y del tiempo vendido al peor postor, sus calcetines desparejados, las nubes con forma de arcordeón. Las marañas de su pelo negro, sus faldas y sus lazos. La forma en que sus pies descalzos se vestían para salir un sábado noche, sus caminatas entre cruces de canales secos, los lunares que le pintaba a la luna a través de la ventanas llenas de aire. Los batidos de almendras, el chocolate, tres gotas de lluvia por cada día de verano pensando en golosinas. Las cerezas disueltas en Maraschino y toda clase de lujos que cabían perfectamente en media botella sin pergamino. Porque sin duda le gustaba volar con sus dos grandes bloques de cemento atándola al suelo. Y qué tonta me siento al preguntarme por qué se fue corriendo, sin avisar, dejándome con un portazo y tres horas de más. Dejándome con las excusas de quien, por fumarse los domingos, siempre llega tarde aun siendo demasiado pronto.

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