ALMAZUELA

Almazuela en cierre y mujer niña

Nunca entré por la puerta de Almazuela. Ni siquiera paré delante de su escaparate más allá de los 5 minutos de cortesía que creía deberle a la niña que amaba jugar entre botones. Jamás admiré lo suficiente la caligrafía de su rótulo o me dejé seducir por el encanto escondido en sus recodos, en sus espacios; apenas retoqué mi peinado en sus cristales. Nunca entré por su puerta. Nunca me convertí en viajera del tiempo.

No fabriqué vivencia en Almazuela. En consecuencia, ya no construiré allí mi memoria, tampoco repasaré conversaciones agradables con su dependienta sobre el arte del Patchwork, ganchillo o las posibilidades de la goma eva en manualidades infantiles (el último grito). No coincidiré con Emma, Pilar ni Mario. No conoceré sus nombres ni sabré de sus amables rostros. No compartiremos palabras, momentos, inquietudes, color de hilo. No quedarán retales.

En Almazuela, no habrá detalle que abrazar con cariño, nostalgia que comprar en sus telas. No habrá, quizás, más viajes al pasado.

Aquí son las 5 de la madrugada. Le pido amablemente a Mick que se juegue la vida en una carretera desierta y me saque esta foto. Quería regalarme este instante que ven en la imagen. Decir que sí, observar el interior de la merecería, saludar a Emma, Pilar. Tal vez me encuentre con Mario.

Y saben, con suerte, tomarme un café con la niña que aún juega con botones.

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